martes, 24 de septiembre de 2019

RYZARD KAPUSCINSKI. EL MÁS HONESTO DE LOS MENTIROSOS.



En el año 1975, el reportero polaco Ryszard Kapuscinski viajó a Angola para cubrir para la Agencia Polaca de Prensa el profundo desgarramiento sufrido por ese país africano en guerra por su independencia. Los testimonios escritos desde ese territorio minado de peligros le valieron que Gabriel García Márquez lo llamara “el mejor corresponsal de guerra del siglo veinte”. La potencia de sus historias nace de esa frontera trazada no para separar sino para unir al periodismo y la literatura. Se acusaba a Kapuscinski  de distorsionar sus notas para que tuvieran ritmo literario y que no siempre citaba fuentes reales. Nunca confundió el papel de periodista con el de un escribano, por eso nunca dudó en apelar a la mentira si servía para contar la verdad de lo visto.  Compartimos con nuestros lectores una escena de sus andanzas angoleñas.



Carlota apareció con una metralleta al hombro y aunque llevaba un uniforme de paracaidista demasiado grande, se podía adivinar que tenía  una gran apostura. Como un solo hombre, todos nos pusimos enseguida a cortejarla. A decir verdad, no fue sino la presencia de Carlota lo que resultó determinante para que el equipo se olvidase de sus casitas en las afueras de Lisboa y se decidiese a partir para el frente. A pesar de sus tan solo veinte años, Carlota se había convertido ya en una leyenda. Dos meses antes, durante la insurrección de Huambo, lideró un pequeño destacamento del MPLA que se vio rodeado por una unidad, compuesta de mil efectivos, de UNITA. Supo romper el cerco y sacar de él a sus hombres. Las muchachas suelen ser magníficos soldados, mejores que los chicos, que a veces muestran en el frente comportamientos histéricos cuando no irresponsables. Nuestra muchacha era mulata, tenía un encanto indescriptible y -como nos pareció entonces una gran belleza, aunque más tarde, cuando revelé sus fotografías, las únicas instantáneas que han quedado de ella, comprobé que no era tan bonita. Aun así, ninguno de nosotros lo expresaría con la palabra para no destruir el mito, para no destruir nuestro recuerdo de la Carlota de aquella tarde de octubre en Benguela. Simplemente, pasado un tiempo, localicé en Lisboa a los cuatro -Alberto, Carvalho, Fernandes y Barbosa, y les enseñé las fotos de la muchacha tomadas durante nuestro viaje al frente. Las contemplaron en silencio, y creo que todos optamos por respetarlo en aquel momento para evitar decir en voz alta que su belleza tampoco había sido para tanto. De todos modos, ¿acaso la cosa tenía alguna importancia? Carlota ya no estaba, ya no está, entre los vivos. Re cibió la orden de comparecer en el estado mayor del frente, así que se puso el uniforme, se pasó un cepillo por su peinado afro, se echó la metralleta al hombro y se presentó. Además del comandante Monti, ante el estado mayor la esperaban cuatro portugueses y un polaco. En aquel instante nos pareció hermosa. ¿Por qué? Porque nuestro estado de ánimo así nos lo dictaba, porque lo necesitábamos, porque así lo queríamos. Siempre creamos la belleza de las mujeres, así que en aquel momento creamos la belleza de Carlota. No encuentro otra explicación.

Los coches se pusieron en marcha. Enfilamos la carretera Balombo, a ciento sesenta kilómetros hacia el este. En realidad todos deberíamos haber muerto durante el camino, una carretera llena de curvas peligrosas por la que los conductores corrían como locos; de verdad, fue un milagro que llegásemos vivos. Carlota iba al lado del chofer de nuestro coche y, acostumbrada a semejante manera de conducir, no podía menos que burlarse de nosotros, aunque con discreción. La corriente de aire lanzaba su cabellera hacia atrás, hacia donde íbamos nosotros, y Barbosa dijo que le sostendría la cabeza para que no se la arrancara el viento. Ella se reía y nosotros sentíamos celos de Barbosa. En una de las paradas Fernandes propuso que Carlota se cambiara de sitio, que se sentara en la parte de atrás, sobre nuestras rodillas, pero ella declinó la invitación. Sonoramente expresamos nuestra alegría por la derrota del espabilado. Y es que era evidente que Fernandes pretendía que Carlota se sentase sobre sus rodillas, y tal cosa lo habría estropeado todo porque ella no pertenecía a nadie en concreto, la habíamos creado entre todos, era nuestra Carlota.

Había nacido en Rosadas, no muy lejos de la frontera con Namibia. El año anterior había recibido instrucción militar en los bosques de Cabinda. Después de la guerra quería ser enfermera. Es todo lo que sabemos de esa muchacha que ahora va junto a nosotros en un coche con una metralleta sobre las rodillas y que -puesto que ya hemos agotado nuestro arsenal de bromas y por unos momentos se ha instalado la tranquilidad-, se ha puesto seria, absorta en sus pensamientos. Sabemos que Carlota no será de Alberto ni de Fernandes, pero aún no sabemos que ya no será de nadie.

Hay que volver a detenerse porque el puente está dañado y los chóferes se plantean como proseguir viaje. Puesto que disponemos de unos cuantos minutos, le saco fotos a nuestra guerrera. Le pido que sonría. Está de pie, apoyada contra la barandilla del puente, Alrededor se extiende un campo de cultivo, tal vez un prado, no recuerdo.



Al cabo de unos instantes reanudamos la marcha. Pasamos junto a aldeas calcinadas, pueblos vacíos, plantaciones de piña y de tabaco abandonadas. Luego había cada vez más arbustos de taray: empezaba un paisaje de bosques y verdes colinas. La cosa presentaba un aspecto cada vez peor porque llegábamos al frente por una carretera en la que se habían librado encarnizadas batallas, y, esparcidos sobre el asfalto, se veían cadáveres de soldados. Allí no tienen la costumbre de enterrar a los caídos, y la entrada en cualquier zona de combate se reconoce por el hedor, inhumano, de los cuerpos en descomposición. En la putrefacta humedad de los trópicos deben de producirse algunas fases de fermentación adicionales, pues el olor es tan intenso, tan horrible e, incluso, tan aturdidor que, a pesar de estar familiarizado con el frente, me mareaba una y otra vez y la cabeza me daba vueltas. Como el primer coche llevaba una lata extra de gasolina, nos deteníamos para rociar con ella los cuerpos, echar sobre los muertos ramas secas de arbustos que crecían junto a la carretera, y luego, el conductor disparaba sobre el asfalto una ráfaga de su metralleta con un ángulo tal que saltase una chispa y prendiese fuego. Con aquel fuego señalamos nuestro camino a Balombo.
Balombo es una pequeña ciudad situada en medio del bosque, y que no para de cambiar de manos. Ninguno de los bandos consigue asentarse allí de una vez para siempre, precisamente a causa de la presencia de ese bosque, una presencia tan palpable como la que se da en nuestros frondosos municipios de Otwock o Wilga, 10 que permite al adversario acercarse a una distancia mínima y, desde allí, atacar de improviso a los defensores del lugar. Esta misma mañana Balombo ha sido tomada por un destacamento del MPLA cuya fuerza no superaba los cien hombres. Aún se oyen disparos en las florestas colindantes porque el adversario sí ha retrocedido, pero no muy lejos. En Balombo, que está destruida, no hay un solo civil; únicamente cien jóvenes soldados. Hay agua, y las muchachas del destacamento han venido a nuestro encuentro recién bañadas, con el pelo húmedo y ensortijado sobre papillotes. Carlota las riñe: no deberían ocuparse de su aseo, en todo momento deben estar preparadas para entrar en combate. Ellas se quejan de que han tenido que ir a primera línea de fuego porque los chicos no se lanzaban precisamente al ataque. Los muchachos se dan golpecitos en la cabeza y afirman que es mentira. Todos ellos son jóvenes de dieciséis, dieciocho años, como nuestros alumnos de instituto, como en nuestra sublevación de Varsovia. Algunos chicos del destacamento se dedican a recorrer la calle principal sobre un tractor, botín de guerra. Cada uno da una vuelta y pasa el volante al siguiente. Los demás, que han renunciado a la ambición de hacerse con el tractor, se pasean en bicicleta, otro botín de guerra. En Balombo, por estar situada sobre una colina, no hace calor; se sienten ligeras oleadas de viento y se oye el susurro del bosque.



El equipo está filmando, y yo voy a donde van ellos y saco fotos. Carlota, que es una muchacha sensata y no se deja llevar por la euforia de la victoria que se ha adueñado del destacamento, sabe que en cualquier momento puede empezar la contraofensiva o que algún francotirador puede buscar nuestras cabezas desde su escondite. Por eso nos acompaña todo el tiempo, con la metralleta lista para disparar. Siempre alerta, se muestra parca en palabras. Cuando camina, las cañas de sus botas rozan entre sí, produciendo un crujido claramente perceptible. Carvalho, el cámara, filma a Carlota sobre un fondo de casas calcinadas y, luego, de unas adelfas imponentemente frondosas, Todo esto será mostrado en Portugal, país que Carlota no verá jamás. En otro país, Polonia, se publicara su fotografía. Pero aún estamos caminando por Balombo y charlamos. Barbosa le pregunta cuándo se va a casar. Vaya, esto no lo sabe, lo que hay ahora es guerra. El sol se oculta tras los árboles, se acerca el crepúsculo y tenemos que marcharnos. Regresamos a los coches, que nos esperan en la calle principal. Todos estamos concentos, porque hemos visto el frente, tenemos una película y fotos, seguimos vivos. Nos metemos en el coche guardando el mismo orden que en el viaje de ida: Carlota delante, nosotros en la parte de atrás. El chófer pone en marcha el motor y mete la primera velocidad. Y entonces -todos recordamos que fue precisamente en aquel momento- Carlota se baja del coche y dice que se queda. ¡Carlota, ven con nosotros!, le pide Alberto, te invitamos a cenar, y mañana te llevaremos a Lisboa! Carlota esboza una sonrisa, agita brazo en un gesto de despedida y hace una señal al chofer para que arranque.

Nos sentimos tristes.

Nos vamos alejando de Balombo, el camino se vuelve cada vez más oscuro, nos sumergimos en la noche. Ya es muy tarde cuando llegamos a Benguela, localizamos el único bar abierto a esas horas, pedimos algo de comer. Alberto, que conoce a todo el mundo del lugar, consigue una mesa al aire libre. Magnífico, porque sopla un aire fresco y brilla un mar de estrellas. Nos sentamos, hambrientos y exhaustos, decimos cosas sin importancia. Tardan mucho en traernos la comida. Alberto grita algo pero hay tanto bullicio alrededor que no lo oye nadie. En ese momento, en la esquina de la calle aparecen unos faros, un coche sale disparado de la curva y tras un violento frenazo se detiene ante el bar. Del coche baja de un salto un soldado, cansado, sucio, la cara embadurnada de tierra. Dice que justo después de marcharnos nosotros ha habido un ataque sobre Balombo y que han tenido que entregar la plaza; en la misma frase añade que en dicho ataque ha caído Carlota.

Nos hemos levantado de la mesa sin pronunciar palabra para perdernos por una calle desierta. Cada uno camina solo, a merced de sus propios pensamientos: no hay necesidad de hablar. Abre la comitiva Alberto, que anda encorvado; tras él va Carvalho y, por la acera de enfrente, Fernandes; a cierta distancia de él, Barbosa, y, finalmente, yo. Mejor que ninguno abra la boca, que lleguemos al hotel en silencio y que nos perdamos de vista. Nos fuimos de Balombo a una velocidad de vértigo, ninguno oyó el tiroteo que se desató justo después, a nuestras espaldas. De modo que no se trata huida. Aun así, si hubiéramos oído los disparos, ¿habríamos mandado dar media vuelta para permanecer junto a Carlota? ¿Habríamos  sido capaces de arriesgar nuestras vidas para protegerla, como lo hizo ella al protegernos en Balombo? O, tal vez, simplemente murió al cubrir nuestra marcha, sola, porque los chicos se divertían con el tractor y las muchachas estaban absortas en su aseo cuando los otros aparecieron como salidos de debajo de la tierra.

Todos somos culpables de esta muerte porque no hemos puesto obstáculos para que Carlota se quedase, cuando podíamos obligarla a volver con nosotros. Pero quién podía preverlo? Los más culpables somos Alberto y yo: fuimos nosotros los que insistimos en nuestro deseo de ir al frente y entonces Monti nos asignó escolta, es decir, aquella muchacha. Pero ¿acaso podemos ahora cambiar algo, revocarlo todo, dar marcha atrás en el tiempo para borrar este día?
Carlota no existe.

¿Quién podía imaginar que la veíamos en su última hora de  vida? Y que todo estaba en nuestras manos. ¿Por qué Alberto no habrá detenido al chofer, por qué no se bajó para decirle: te vienes con nosotros; de lo contrario, nos quedaremos y tú serás responsable de lo que nos pueda pasar? ¿Por qué no lo hizo ninguno de nosotros? Y la culpa, acaso es menor porque este repartida entre cinco? ¿Acaso es más soportable?

 Está claro que se trata de un trágico accidente. Hablando así, con esta mentira, a partir de ahora contaremos lo sucedido. También podemos afirmar que así lo quiso el destino, el fatum. No ningún motivo para que se quedase allí; además, desde el principio se había convenido en que regresaría con nosotros. En el último segundo, impelida por un misterioso mandato, se bajó del coche y momentos después fue abatida por una bala. Déjesenos creer que ha sido cosa del destino. En situaciones semejantes actuamos de una manera que más tarde no conseguimos explicarnos. Y decimos: Señorías del Alto Tribunal, no sé cómo ha pasado cómo ha podido suceder, pues en realidad todo había empezado por una nadería.

Pero Carlota conocía esta guerra mejor que nosotros, sabía que se acercaba el crepúsculo, la hora habitual del ataque, y que más valía cubrir nuestra salida desde el terreno, cosa de la que al encargaría en persona. Este debió de ser el motivo de su decisión. O al menos eso creemos adivinar ahora, cuando ya es demasiado tarde. No podemos preguntárselo porque Carlota ha dejada de existir.
Llamamos con los nudillos a la puerta del hotel, que ya está cerrada. Nos abre el dueño, un anciano corpulento, negro; rebosante de alegría por vernos de vuelta sanos y salvos, quiere abrazarnos, nos acribilla a preguntas. Al cabo de unos momentos nos escruta con la vista y las palabras mueren en su boca; se aleja. Cada uno de nosotros toma su llave, sube a su planta y se encierra en su habitación.



Ryzard Kapuscinsku y Gabriel García Márquez

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