jueves, 22 de abril de 2021

COMENTARIO DE “ADÁN BUENOSAYRES” POR DAVID VIÑAS

 


El martienfirrismo fue un típico juego de chicos con todas sus características: propia legalidad, desprecio de los ámbitos ajenos, burla a la vez que un respeto confuso de la autoridad, afán por destrozar muñecos y verificar sus entrañas, negación de los cartabones vigentes y su correlativo intento de instaurar uno propio, desmesura del yo, tono escatológico, el grito y la carcajada intempestivos, la reiteración en imponer una presencia, el sentimiento de la propia agilidad, de la propia novedad, incluso la jerga particular y de iniciados, etc. Elementos todos que configuran a un tiempo el saldo favorable que deja de ese movimiento y un particular ámbito lúdico; porque dentro de los límites del jugueteo infantil, hay algo que resulta casi lateral y ambiguo, una suerte de juego que tiene visos dramáticos y desagradables: eso que los teólogos llaman “pecado solitario” y que no es sino el chiche infantil que alarma y anuncia al adulto. Ese fue el único elemento dramático que aportaron los martinfierristas: el juego oscuro, casi indescifrable, que deja de ser inofensivo e inocuo y que acarrea consigo una negación firme: un aislamiento poderoso, rencoroso, un resentimiento que trasunta frustración y que recuerda el final de la fiesta: que sugiere la vigilia febril y terca del chico que deviene adolescente. Y aquí surge Adán Buensoayres: esa cosa caótica que chorrea tragedia, la fea tragedia del adulto que insiste en ese juego de niño, del “hombre grande” serio y virtuoso que comete un pecado antiguo, demorado, rumiado, muy intenso, pero fugaz e irrepetido, inusitado, casi vergonzoso, casi ajeno, que reitera su manoseo en una melancólica impotencia, advirtiendo lúcidamente que su mundo ha muerto –aquel de su doméstica legalidad- y que ese otro en el que tiene que interesarse forzosamente es repugnante y lo denuncia así, denigrándolo, ensuciándolo, negándose a cualquier contribución espiritual que parezca acatamiento o participación. Eso es Adán Buensoayres: el adolescente que borronea la nota adversa con un ademán semejante al jugador que desparrama los naipes. Una urgente necesidad de confusión para tomarse tiempo, para esconderse un poco más, el intento torpemente violento del que quiere desbaratar un conjuro implacable y que sin retaceos voltea las piezas enemigas. Un libro sin mesura, alucinantemente exagerado, desbordante de palabras y figuras, un no rotundo al equilibrio, al decoroso término medio. Un libro impudoroso, jovialmente descarado, que potencia así el desbarajuste martinfierrista con una risotada frente a las barbas y pecheras académicas. El estupendo y gigantesco mal gusto; el gusto propio, la risa del gusto plural recortado y justipreciado. El titanismo de un idioma que revienta sus cauces y los desborda otorgando sonora licitud a todo lo mostrenco y vilipendiado. Sí; a todo lo deforme; la aceptación de lo que venía de abajo y subía. La iniciación de la tercera etapa del voseo que para los modernistas era pecado y que para los martinfierristas iniciales motivo para escandalizar, y que ya se impone como presencia y realidad indiscutibles, por su vigor y por su prepotencia expansiva, con su propia ley que brota de sí –autógena y autónoma- y que no requiere gambetas o escamoteos para obtener validez; el comienzo de la cabal aceptación del tango, que para los modernistas era tabú y festejo en el año 20. Y el definitivo desprendimiento de España (rigor para los del 900 y tema de discusión para los de Martín Fierro): la despreocupación y hasta el desconocimiento (salvo en la poesía que –curiosamente como en los Estados Unidos respecto de Inglaterra a través del imaginismo- todavía mantiene un vínculo) de lo que se hace en el teatro español y en la novela española.

Todo esto es nuestra deuda con el movimiento martinfierrista a través de su muerte y culminación que es Adán Buenosayres:

Fervor de Buenos Aires mágico y caótico, torpe y soez, crudo y sensible (sensiblero cuando surge el “hombre grande” para explicar, para ordenar y para justificarse un poco), a través de fatigosos y confusos mundos de madrugada, con toques surrealistas que alcanzan la sumersión del delirio, o el pintoresquismo canyengue y falaz imbricado con el aristofánico Joyce, el impacto verbal, el resentimiento (el espacio de decepción entre una juventud dinámica y una madurez rígida o –lo que es lo mismo- una juventud prometedora y una madurez lograda) y la alusión socarrona, el sobreentendido insolente distorsionándose como un Lugones arbitrario con tipos de corte expresionista (el Personaje, los Homoplumas, el Lector Standard, los Presidentes Grises) que dibujan requintes y cuerpeadas autobiográficas.


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